Nora Emilia
                                                                                        16-Ene-2008
T A N G A

Divorciada y con dos hijas acompañé a mi amiga a la boda de su prima en la ciudad de Guadalajara. Increíble, pero con eso de que su propósito de año nuevo es cumplir tres meses seguidos sin nada de nada, Tanga, en apenas estos primeros quince días de enero se ve toda energetizada, como si estuviera haciéndose el amor a sí misma.
     Ahora podíamos tomarnos un trago viendo pasar a posibles candidatos sin que ella estuviera buscando cruzar con ellos la mirada, sin revisarles el bulto de la bragueta, ni tampoco iniciar su rito nervioso de pasarse la yema del dedo anular desde la parte posterior de la oreja, recorrer después con el índice lentamente su cuello hasta llegar a la clavícula y posarse en ella respirando cada instante más profundo, fingirse preocupada por su repentina distracción y disimular con una sonrisa nerviosa haber perdido el hilo de nuestra plática.
     Uno que la conoce, se lo perdona sin resentimiento a cambio de que señale cuál es el hombre que la distrajo, para poderlo imaginar, cuando casi como profeta, describa con lujo de detalle la posición o la mordida, el arañazo o el secreto que le va a contar en la cama a ese hombre que la hace estremecerse sin necesidad de tocarla. A mí, sus fantasías me excitan tremendamente; me maravilla la velocidad que posee para imaginar; la sutileza con que finge perder algo cerca de la mesa del mortal que le provoca para preguntarle cualquier estupidez a la altura de sus rodillas, sonreírle desde abajo a la parte inferior de su vientre y después, retarlo con los ojos o pedirle dulcemente que le ayude a buscar un arete que nunca se le cayó y que esconde bajo la mano. Casi siempre consigue ponerlos en cuatro patas y terminan coqueteando en un juego sutil de felinos torpes.
    Verla ligar me ha llevado a concluir que la conexión entre dos almas es un juego misterioso entre el azar, el momento y la energía; magia de instante o quizás, polvos mágicos que descienden de algún sitio.
    Empezó a usar tangas mucho antes de que fuera tan común y de que se vendieran por todas partes, en esa época en que le llamábamos hilo dental y una que otra europea se paseaba por nuestras playas enseñando el culo completo sin pudor. Y es que desde siempre, Tanga ostenta la forma redonda y perfecta de sus nalgas; sabe menearse como pavo real de un lado a otro; la firmeza y el tamaño invitan a acariciarlas por lo menos con la mirada, y esas caricias a ella la hacen caminar majestuosa… llena de seguridad.
    Lo que también es único en ella, son las descripciones detalladas de sus acostones. No le causa pudor alguno confesar como la tocan por dentro con más de tres dedos a la vez, ni del placer de conocer los sabores de los fluidos que llenan su boca los hombres con los que se encama. Casi a cualquiera le encuentra un atractivo interesante por la curiosidad que le provocan sus perversiones, los pone a prueba asegurando que si no es por el culo, no coge, que para eso Dios le proporcionó ese par de nalgas; ha hecho el amor bañada en vino blanco, con crema batida y hasta de noche en un rastro embarrada de tierra mojada y sangre de vaca. Disfruta de las películas porno y una vez me pidió que la filmara haciendo un strip-tease muy sensual para un amigo cibernético que todavía conserva en Cuba.
    Mientras nos arreglábamos para la boda, ésta nueva Tanga confesó que de chavita, una vez la treparon a una patrulla por robar cosméticos en una tienda departamental; que esa fue la primera y la última vez que robó algo.
    —Lo único importante en ese momento era que mi papá no se enterara del robo ni de la detención. Así que me dejé abusar por un policía que de sólo verlo me produjo asco. Sus gemidos en mi oído y su bigote rozándome la piel me causaban náuseas. Salí de la patrulla veinte minutos después, vomité toda mi autoestima y me quedé furiosa conmigo mucho tiempo. Ahora sé que mis travesuras me acorralaron y el miedo me traicionó, que ningún castigo de mi padre hubiera sido tan tremendo como el que yo misma me impuse.
    Odió tanto su cuerpo que volvió a su casa a bañarse para tallarlo hasta sacar sangre; quiso liberarse de cualquier molécula que pudiera haber quedado de ese policía, hijo de puta, que sin piedad, se aprovechó de su cuerpo de niña púbera, todavía nuevo. Se me estaban llenando los ojos de lágrimas, cuando la oí afirmar que todavía se seguía masturbando con esa imagen para exorcizar el recuerdo marcado en su piel.
    —Mi mente me juega trucos raros, ¿sabes? Soy un manojo de perversidad pura. Parece que este remanso me está permitiendo acercarme a otra yo.
    No era el vestido negro que dejaba desnudos la mitad de sus muslos, ni el tono dorado de su piel, sino el contacto que tenía con ella misma, más bien era la novedad de no necesitar la mirada del otro lo que la hacía verdaderamente única entre todos los que estábamos ahí.
    Entraron los novios al salón donde se serviría el banquete. Nos acercamos para verlos bailar su primer vals. Ilusionados se cantaban uno al otro su canción, la música los bañaba de flores; mi amiga me dio la mano, volteé a ver sus ojos contentos por esa prima que de chiquita cargó en sus brazos. Después, y de manera natural, me asomé a ver la forma en la que la tela del vestido caía por sus nalgas y me dieron ganas de quedarme cerca de ella por mucho más tiempo.